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El flamear de la bandera en el Fuerte de Patagones (para Maragatos)
Pese a la importancia del emplazamiento de Carmen de Patagones, la avanzada más austral de España en nuestro desierto, los virreyes poco a poco, fueron desentendiéndose de su vida y sus problemas, por lo que comenzó un largo período de estancamiento para las márgenes rionegrinas.
Miércoles 08.03.2006Pese a la importancia del emplazamiento de Carmen de Patagones, la avanzada más austral de España en nuestro desierto, los virreyes poco a poco, fueron desentendiéndose de su vida y sus problemas, por lo que comenzó un largo período de estancamiento para las márgenes rionegrinas, ya que los jefes militares designados para su gobierno fueron, según el historiador José Juan Biedma, de jerarquía subalterna y escasísima preparación.
Así sorprendió a Patagones la Revolución de Mayo. Dijimos una vez que este hecho pasó poco menos que inadvertido para el pueblo maragato, tal era su lejanía del escenario en el que tuvo lugar; pero cuando llegó a su conocimiento sólo pudo originar en él sentimientos de rechazo, ya que un movimiento de esa naturaleza constituía para un pueblo como el de Patagones, respetuoso de su origen y amante profundo de sus tradiciones, un acto de indisciplina hacia el rey, hacia sus costumbres, hacia su fe religiosa.
Esta actitud mental y emotiva lo llevó a apoyar la sublevación de tres políticos deportados en la población, quiénes pensaron devolver a España las regiones patagónicas gobernadas por un militar patriota desde fines del año 1810.
El 21 de abril de 1812 tres distinguidos españoles prisioneros en Patagones, con la complicidad de la guarnición y el pueblo todo, se apoderaron de la fortaleza, y dejando un comandante militar que respondía a sus aspiraciones, el sargento Domingo Fernández, emprendieron viaje a Montevideo.
Desde ese momento, pues, las márgenes rionegrinas dependieron de la capitanía de puertos de esa ciudad, ya que era un apostadero naval. Argentinidad A raíz de la victoria de la escuadra de Brown sobre la española en las aguas
rioplatenses, el 17 de mayo de 1814, y la rendición de Montevideo, el 23 de junio de ese mismo año, Carmen de Patagones pasa nuevamente y para siempre a formar parte de la argentinidad.
El 23 de diciembre de 1814, conducidas por una escuadrilla al mando de Oliver Russell, marino escocés, las tropas nacionales desembarcaban y tomaban la fortaleza en forma pacífica, ya que Fernández comprendió que toda resistencia era inútil. Así fue como en ese 23 de diciembre, la bandera albiceleste de Belgrano flameaba por primera vez en el mástil del fuerte maragato y los ojos de la población rionegrina conocía por primera vez, los colores que lentamente le irían ganando el corazón.
Invasión brasileña
El Carmen de Patagones, asentado a horcajadas sobre la gran corriente fluvial rionegrina, vivió largos años en plena soledad. Pero a pesar de ello tuvo momentos de grandes urgencias, de tremendas responsabilidades, tales los vividos en el año 1827 cuando supo enfrentar y vencer una bien organizada expedición brasileña integrada por 6l3 hombres bajo el mando del capitán de fragata inglés James Shepherd.
Desde diciembre de 1825 Argentina se hallaba en guerra con el Imperio del Brasil. El derecho de pertenencia del territorio actualmente uruguayo había provocado el conflicto. A raíz del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra imperial, el apostadero naval rionegrino se había transformado en el seguro refugio de nuestros corsarios que atacaban valientemente el poderío naval enemigo.
El botín de guerra, los negros esclavos arrancados a los veleros que se dedicaban a tan infame tráfico, los prisioneros, todo era desembarcado en Patagones, lo que dio origen a una activación inusitada en la vida maragata de aquel entonces. La riqueza llegó a la zona y las familias hasta ese momento de vivir sencillo, aldeano, conocieron el lujo traducido en muebles finísimos, porcelanas, tapices, pianos, sedas, encajes, en fin, todo un mundo de Las mil y una noches que trastocó el clima apacible y monótono del último pueblo de la tierra, como alguna vez se le llamó a Carmen de Patagones. Brasil se sintió herido profundamente en sus intereses por el éxito del ataque de los corsarios a su comercio marítimo y con el fin de arrasar batería y población del punto que había alcanzado a asumir tan importante papel en la guerra, resolvió enviar una poderosa escuadra al río Negro. El 28 de febrero de 1827 cuatro naves forzaron la barra. Una de ellas varó y se hundió pocos días después. Desde la batería de la boca se hostilizó a la fuerza invasora; pero sin resultado, dado la escasez de municiones.
En esta acción los criollos perdieron dos soldados de la infantería negra del coronel Felipe Pereyra y un oficial corsario, el valiente Fiorián, a quien su bravura condujo a una muerte gloriosa. Durante siete días los imperiales actuaron con demora y desorganización, dando tiempo a Patagones a organizarse y a poner al fuerte en estado de defensa.
El 6 de marzo, a las 21, los brasileños echaron a tierra un grupo explorador a legua y media de la batería de la boca. Luego de un reconocimiento de la zona, el citado grupo se repliega hacia la costa donde permanecía embarcado el grueso de la expedición. Se supone que desde las 23, aproximadamente, los brasileños realizan las tareas de desembarco de una columna de infantería que tendría por misión atacar el fuerte de Patagones. Después de las dos de la madrugada del día 7, dicha columna de infantería emprende la marcha en dirección al Carmen. Al principio mal conducida por su baquiano, se pierde en el monte, mas luego, retomando buen camino, aparece sobre el Cerro de la Caballada al amanecer. Carmen de Patagones esperaba a pie firme al invasor
En el monte, el subteniente, mendocino don Sebastián Olivera y sus 80 milicianos; chacareros, hacendados, artesanos y comerciantes, más los gauchos del baquiano José Luis Molina; en el río, los corsarios Jaime Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones bajo las ordenes del comandante Santiago Jorge Bynon y en el fuerte las mujeres, los niños y los viejos junto a la infantería negra del coronel Pereyra, dispuestos todos vender cara la vida y a defender hasta la última gota de sangre el honor de la nación. El combate
Serían las 6,30 de la mañana cuando las armas invasoras brillaron al sol sobre el cerro. Nuestros buques les asestaron sus cañones y si bien sus tiros no hicieron blanco por la situación de la columna brasileña sobre uno de los flancos del paraje, expresaron elocuentemente la energía con que se había preparado la defensa.
Olivera, en tanto, realizaba desde su posición una descarga de fusilaría que dejaba agonizante, en el suelo pedregoso, al jefe de la expedición imperial, Capitán Shepherd. La columna, agotada ya por la larga marcha de la noche anterior y sedienta, viéndose sin jefe, sintió quebrada su moral y comenzó a retroceder buscando su salvación en la costa del río; pero Olivera, en formidable carga de caballería, la arrolló y quitándole el recurso del agua la metió en el monte que, envuelto en llamas, era un verdadero infierno.
El arrojado subteniente mendocino, a cuyas órdenes peleaban el pueblo y los gauchos de Molina, se incorporaba ese día a los anales del Ejército Argentino como una clara figura de epopeya. En tanto esto ocurría en tierra, el comandante Bynon, viendo que la población no corría peligro ya, bajó sus naves en procura de la escuadra imperial, asaltando y rindiendo dos de sus tres buques: el bergantín Escudillar y la goleta Constancia.
Sólo la Itaparica, la esbelta corbeta, quedaba por tomar; era el último reducto de los invasores, pues su tropa terrestre ya había rendido sus armas al atardecer. Bynon marinó con tropa republicana a los dos barcos apresados y los incorporó a los cuatro vencedores: La Bella Flor, la capitana, del propio Bynon; las Emperatris, de Harris; la Chiquinha, de Soulin, y el Oriental Argentino, de Dautant.
Con su escuadrilla así reforzada, el bravo marino galés se dirigió hacia la Itaparica y le intimó rendición. El comandante brasileño orden a sus hombres responder a cañonazos; pero estos no le obedecieron y debió rendirse sin otra condición que la de ser tratado como prisionero de guerra. Tirados los ganchos y las escalas desde la Bella Flor, el primero que salta a la Itaparica es Juan Bautista Thorne, un valiente marino norteamericano, a quien correspondió también el honor de arriar el pabellón de combate brasileño.
Eran las 22 horas. Los postreros resplandores del incendio iluminaban el horizonte. Los cañones acallados, habían dejado un extraño silencio en el río y en los cerros, silencio que se hacía más profundo en el rítmico galopar de los cascos de un caballo. Era el mensajero de la victoria, Marcelino Crespo, un muchacho de 17 años que, en pelo, iba llevando al Fuerte la noticia de la rendición de las tropas invasoras.
Hoy nos toca recordar los nombres de los gloriosos protagonistas de aquella hazaña. Que ninguno quede sin nuestra veneración. Los extranjeros Bynon, Harris, Soulin, Dautant, Thorne y toda la oficialidad y tripulación de la escuadrilla corsaria y los bravos negros y el oficial Fiori, cuya sangre regó el suelo patrio, y los criollos Olivera, Pereyra, el alférez Melchor Gutiérrez y Molina y sus gauchos y los pobladores de ambas bandas del río Negro, cuyos apellidos Guerrero, Ocampo, Munguiondo, Pita, Valer, Rial, Maestre,Len, Martínez, Miguel, Román, Vázquez, Herrero, Bartruille, Alfaro, Alvarez, han servido para afirmar lo que puede un pueblo cuando se levanta en armas en defensa de sus libertades y de la integridad del solar nativo. Las banderas Siete banderas se tomaron a los invasores en la acción del 7 de marzo de 1827. El pueblo, henchido de entusiasmo y de agradecimiento, depositó los trofeos bajo la custodia de la Patrona, Nuestra Señora del Carmen, dos de los cuales aún se conservan en la Iglesia Parroquial de Patagones.
Cuenta la tradición de Ambrosio Mitre, uno de los defensores cuando la invasión imperial, al día siguiente de ser depositadas las banderas en la capilla del fuerte, llevó a su hijo Bartolomé y a los pies de las mismas le hizo jurar eterno amor a la Patria.
Noticias de la Costa
El 21 de abril de 1812 tres distinguidos españoles prisioneros en Patagones, con la complicidad de la guarnición y el pueblo todo, se apoderaron de la fortaleza, y dejando un comandante militar que respondía a sus aspiraciones, el sargento Domingo Fernández, emprendieron viaje a Montevideo.
Desde ese momento, pues, las márgenes rionegrinas dependieron de la capitanía de puertos de esa ciudad, ya que era un apostadero naval. Argentinidad A raíz de la victoria de la escuadra de Brown sobre la española en las aguas
rioplatenses, el 17 de mayo de 1814, y la rendición de Montevideo, el 23 de junio de ese mismo año, Carmen de Patagones pasa nuevamente y para siempre a formar parte de la argentinidad.
El 23 de diciembre de 1814, conducidas por una escuadrilla al mando de Oliver Russell, marino escocés, las tropas nacionales desembarcaban y tomaban la fortaleza en forma pacífica, ya que Fernández comprendió que toda resistencia era inútil. Así fue como en ese 23 de diciembre, la bandera albiceleste de Belgrano flameaba por primera vez en el mástil del fuerte maragato y los ojos de la población rionegrina conocía por primera vez, los colores que lentamente le irían ganando el corazón.
Invasión brasileña
El Carmen de Patagones, asentado a horcajadas sobre la gran corriente fluvial rionegrina, vivió largos años en plena soledad. Pero a pesar de ello tuvo momentos de grandes urgencias, de tremendas responsabilidades, tales los vividos en el año 1827 cuando supo enfrentar y vencer una bien organizada expedición brasileña integrada por 6l3 hombres bajo el mando del capitán de fragata inglés James Shepherd.
Desde diciembre de 1825 Argentina se hallaba en guerra con el Imperio del Brasil. El derecho de pertenencia del territorio actualmente uruguayo había provocado el conflicto. A raíz del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra imperial, el apostadero naval rionegrino se había transformado en el seguro refugio de nuestros corsarios que atacaban valientemente el poderío naval enemigo.
El botín de guerra, los negros esclavos arrancados a los veleros que se dedicaban a tan infame tráfico, los prisioneros, todo era desembarcado en Patagones, lo que dio origen a una activación inusitada en la vida maragata de aquel entonces. La riqueza llegó a la zona y las familias hasta ese momento de vivir sencillo, aldeano, conocieron el lujo traducido en muebles finísimos, porcelanas, tapices, pianos, sedas, encajes, en fin, todo un mundo de Las mil y una noches que trastocó el clima apacible y monótono del último pueblo de la tierra, como alguna vez se le llamó a Carmen de Patagones. Brasil se sintió herido profundamente en sus intereses por el éxito del ataque de los corsarios a su comercio marítimo y con el fin de arrasar batería y población del punto que había alcanzado a asumir tan importante papel en la guerra, resolvió enviar una poderosa escuadra al río Negro. El 28 de febrero de 1827 cuatro naves forzaron la barra. Una de ellas varó y se hundió pocos días después. Desde la batería de la boca se hostilizó a la fuerza invasora; pero sin resultado, dado la escasez de municiones.
En esta acción los criollos perdieron dos soldados de la infantería negra del coronel Felipe Pereyra y un oficial corsario, el valiente Fiorián, a quien su bravura condujo a una muerte gloriosa. Durante siete días los imperiales actuaron con demora y desorganización, dando tiempo a Patagones a organizarse y a poner al fuerte en estado de defensa.
El 6 de marzo, a las 21, los brasileños echaron a tierra un grupo explorador a legua y media de la batería de la boca. Luego de un reconocimiento de la zona, el citado grupo se repliega hacia la costa donde permanecía embarcado el grueso de la expedición. Se supone que desde las 23, aproximadamente, los brasileños realizan las tareas de desembarco de una columna de infantería que tendría por misión atacar el fuerte de Patagones. Después de las dos de la madrugada del día 7, dicha columna de infantería emprende la marcha en dirección al Carmen. Al principio mal conducida por su baquiano, se pierde en el monte, mas luego, retomando buen camino, aparece sobre el Cerro de la Caballada al amanecer. Carmen de Patagones esperaba a pie firme al invasor
En el monte, el subteniente, mendocino don Sebastián Olivera y sus 80 milicianos; chacareros, hacendados, artesanos y comerciantes, más los gauchos del baquiano José Luis Molina; en el río, los corsarios Jaime Harris, Soulin y Dautant y sus tripulaciones bajo las ordenes del comandante Santiago Jorge Bynon y en el fuerte las mujeres, los niños y los viejos junto a la infantería negra del coronel Pereyra, dispuestos todos vender cara la vida y a defender hasta la última gota de sangre el honor de la nación. El combate
Serían las 6,30 de la mañana cuando las armas invasoras brillaron al sol sobre el cerro. Nuestros buques les asestaron sus cañones y si bien sus tiros no hicieron blanco por la situación de la columna brasileña sobre uno de los flancos del paraje, expresaron elocuentemente la energía con que se había preparado la defensa.
Olivera, en tanto, realizaba desde su posición una descarga de fusilaría que dejaba agonizante, en el suelo pedregoso, al jefe de la expedición imperial, Capitán Shepherd. La columna, agotada ya por la larga marcha de la noche anterior y sedienta, viéndose sin jefe, sintió quebrada su moral y comenzó a retroceder buscando su salvación en la costa del río; pero Olivera, en formidable carga de caballería, la arrolló y quitándole el recurso del agua la metió en el monte que, envuelto en llamas, era un verdadero infierno.
El arrojado subteniente mendocino, a cuyas órdenes peleaban el pueblo y los gauchos de Molina, se incorporaba ese día a los anales del Ejército Argentino como una clara figura de epopeya. En tanto esto ocurría en tierra, el comandante Bynon, viendo que la población no corría peligro ya, bajó sus naves en procura de la escuadra imperial, asaltando y rindiendo dos de sus tres buques: el bergantín Escudillar y la goleta Constancia.
Sólo la Itaparica, la esbelta corbeta, quedaba por tomar; era el último reducto de los invasores, pues su tropa terrestre ya había rendido sus armas al atardecer. Bynon marinó con tropa republicana a los dos barcos apresados y los incorporó a los cuatro vencedores: La Bella Flor, la capitana, del propio Bynon; las Emperatris, de Harris; la Chiquinha, de Soulin, y el Oriental Argentino, de Dautant.
Con su escuadrilla así reforzada, el bravo marino galés se dirigió hacia la Itaparica y le intimó rendición. El comandante brasileño orden a sus hombres responder a cañonazos; pero estos no le obedecieron y debió rendirse sin otra condición que la de ser tratado como prisionero de guerra. Tirados los ganchos y las escalas desde la Bella Flor, el primero que salta a la Itaparica es Juan Bautista Thorne, un valiente marino norteamericano, a quien correspondió también el honor de arriar el pabellón de combate brasileño.
Eran las 22 horas. Los postreros resplandores del incendio iluminaban el horizonte. Los cañones acallados, habían dejado un extraño silencio en el río y en los cerros, silencio que se hacía más profundo en el rítmico galopar de los cascos de un caballo. Era el mensajero de la victoria, Marcelino Crespo, un muchacho de 17 años que, en pelo, iba llevando al Fuerte la noticia de la rendición de las tropas invasoras.
Hoy nos toca recordar los nombres de los gloriosos protagonistas de aquella hazaña. Que ninguno quede sin nuestra veneración. Los extranjeros Bynon, Harris, Soulin, Dautant, Thorne y toda la oficialidad y tripulación de la escuadrilla corsaria y los bravos negros y el oficial Fiori, cuya sangre regó el suelo patrio, y los criollos Olivera, Pereyra, el alférez Melchor Gutiérrez y Molina y sus gauchos y los pobladores de ambas bandas del río Negro, cuyos apellidos Guerrero, Ocampo, Munguiondo, Pita, Valer, Rial, Maestre,Len, Martínez, Miguel, Román, Vázquez, Herrero, Bartruille, Alfaro, Alvarez, han servido para afirmar lo que puede un pueblo cuando se levanta en armas en defensa de sus libertades y de la integridad del solar nativo. Las banderas Siete banderas se tomaron a los invasores en la acción del 7 de marzo de 1827. El pueblo, henchido de entusiasmo y de agradecimiento, depositó los trofeos bajo la custodia de la Patrona, Nuestra Señora del Carmen, dos de los cuales aún se conservan en la Iglesia Parroquial de Patagones.
Cuenta la tradición de Ambrosio Mitre, uno de los defensores cuando la invasión imperial, al día siguiente de ser depositadas las banderas en la capilla del fuerte, llevó a su hijo Bartolomé y a los pies de las mismas le hizo jurar eterno amor a la Patria.
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