Lo Nuestro | De Historias y Recuerdos
Efectos de los populares bailes de campo
Existen autores que revelan que Chovet es una comunidad donde se concentra la mayor cantidad de descendientes de ese país eslavo. Se cree, además, que quizás sea la concentración porcentual más grande del mundo, después de Croacia; es decir, una de las localidades con mayor concentración croata de la Argentina.
Existen autores que revelan que Chovet es una comunidad donde se concentra la mayor cantidad de descendientes de ese país eslavo. Se cree, además, que quizás sea la concentración porcentual más grande del mundo, después de Croacia; es decir, una de las localidades con mayor concentración croata de la Argentina.
Cuando empecé con esta narración me resultó difícil realizar un recorte y contar una sola historia, porque me van apareciendo imágenes y recuerdos de mi infancia, como por ejemplo: los juegos, los amigos, los entretenimientos, la hora de la siesta, las visitas, la casa de mis abuelos. También me acuerdo de los relatos de mis abuelos maternos y paternos, todos residentes en el mismo pueblo y cada uno contando historias que me atrapaban y que recuerdo con mucho cariño y nostalgia.
Mis abuelos, de origen croata, (mi abuelo materno fue uno de los primeros habitantes) establecieron sus casas y sus negocios, por esas cosas de la vida, en la misma manzana, ubicada en una de las arterias más importantes.
El abuelo Juan organizó con sus hijos varones (mi papa y mi tío) la tienda que aún hoy está en parcial funcionamiento, sobre la calle Sarmiento: "El Nono Natalio". Un almacén de ramos generales y despacho de bebidas. Todo un paso obligado de paisanos y forasteros que a veces llegaban en tren. En ocasiones, algunos de ellos se alojaban por unos días en la casa, durmiendo en el galpón que se les ofrecía. El abuelo también fue integrante de la primera comisión de fomento y amigo del fundador del pueblo, el francés don Alberto Chovet.
Mis abuelas se dedicaban a las tareas de la casa y al cuidado de sus hijos.
Tuve la posibilidad y disfruté de ellos hasta mis quince años. Pero ahora quiero centrar mi relato en una de las tantas historias contadas por mi papá Juan, un narrador nato. ¡Cómo se reía cuando las contaba! Daba gusto escucharlo. Y además, siempre aparecía otra historia que se le incluía: "Porque no termina todo acá", era su expresión. Yo digo lo mismo, acá no termina todo...
Concretamente voy a referirme a una de las salidas, la más esperada de los fines de semana: los bailes populares en el campo. Éstos se hacían para las fechas patrias, pero el baile más importante del año se realizaba el día del santo patrono. Todos, los que se enteraban por la publicidad rodante, sabían que esa noche se encontrarían para "bailar y divertirse". Tal como lo anunciaban los afiches de propaganda que se repartían en los pueblos vecinos.
El baile empezaba temprano, a las 21.00, generalmente con una orquesta típica y característica. La mayoría de los "muchachos", como mi papá refería, llegaban al lugar con impecables trajes, corbata, zapatos abotinados bien lustrados y polainas. Algunos tenían sombreros. En el lugar se armaban grandes carpas y las pistas eran de tierra, previamente regadas con fluidos para desinfectar el ambiente.
Las chicas llegaban acompañadas por sus mamás. Durante el baile, formaban grupos, se tomaban del brazo y caminaban en distintas direcciones con el fin de ser observadas por los galanes presentes, mientras permanecían parados, charlando con una copa de caña, grapa o whisky (los menos). En ese paseo podía ocurrir la propuesta para compartir la próxima pieza, tango, vals, pasodoble o ranchera.
La gran mayoría se trasladaba al lugar con sulkys, medio de transporte muy usado en esos tiempos. La costumbre era bailar el último pasodoble. Lo indicaban con dos apagones y el tercero era el definitivo que anunciaba el final de la fiesta. Para ese entonces, ya habían salido en el intervalo dos o más de los muchachos que se dedicaban a cambiar los caballos en diferentes sulkys...
Cuando todo había terminado, cada uno subía a su vehículo y emprendía el regreso a su casa. Así era como los caballos buscaban su querencia, sin que sus ocupantes se percataran de que no eran sus caballos. La oscuridad y el cansancio no les permitía darse cuenta rápidamente. ¿Qué pasaba? ¿Cuál era el problema? ¿Por qué el caballo tomaba por otro camino? Nadie entendía nada...
Esto era vivido como la "gran joda", hecha solamente a los amigos. Mi viejo disfrutaba contando y acotando todo lo que sucedía. ¡Cómo se divertían! Y así terminaba la noche de fiesta y diversión, creo que una de las más importantes y esperadas. Pensar que algunos de los muchachos, los elegidos, no podían llegar hasta su casa para terminar la noche...
Por Ester Gluncich
Chovet, provincia de Santa Fe
Clarín Pueblo a pueblo


