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Boleando Ñandúes...

Don Leandro, había preparado su gente y estos sus caballos, eligiendo cada uno sus favoritos, ya no tanto por su belleza o andar, sino por su agilidad y ligereza ya que tendrían que hacer frente al ave más grande de nuestra llanura...

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Lunes 08.05.2006Al llegar el otoño, cuando se da por concluido el período de reproducción y cría, ya que las últimas han nacido en su mayoría en el mes de iniciación del verano, o sea diciembre, en la estancia “Malal-Tuel” que en lengua araucana quiere decir, Corral de Lomas ó Corral de Piedras, denominación que viene a cuenta por la diversidad de estos en sus campos, naturalmente usados por los indígenas para encerrar el fruto de sus malones para luego arrear todo junto a sus tolderías, se preparaban las tradicionales boleadas de ñandúes, para hacerse de unos cueros, plumas y carne que sería el deleite de patrones y peones. Aún se temía por algún malón, aunque el último ataque a las tolderías del gran cacique Lincon-Nau, cabeza de tigre, había sosegado un poco los temores, pues se decía que habían sido expulsados hacia el sur sus guerreros y la chusma, por lo que esa vez, iban a salir un poco más confiados a la gran boleada que desde hacía dos años, se habían visto impedidos de realizarla por tales razones.

Por eso desde muy temprano, su capataz Don Leandro, había preparado su gente y estos sus caballos, eligiendo cada uno sus favoritos, ya no tanto por su belleza o andar, sino por su agilidad y ligereza ya que tendrían que hacer frente al ave más grande de nuestra llanura, capaz de alcanzar en su huida velocidades que los sorprendían y que solo el poder de sus montados y la habilidad en el manejo de las ñanduceras, podía redituarles el éxito en esa cacería. En número de diez salieron de la estancia, pasando por el angosto puentecito, que habilitaba la entrada pasando por encima del foso que circundaba todo el casco, arma efectiva para evitar los malones, y ya en campo abierto, se dirigieron hacia el oeste, adónde según los recorredores, habían divisado unas cuadrillas, cada una compuesta de alrededor de entre cincuenta y setenta ñandúes.

Algunos llevaban algunos pingos de tiro, para tenerlos frescos para el momento de la corrida y en un silencio cortado solamente por el ruido de los cascos de sus montados en la verde y extensa sábana, se iban alejando de la vista de la estancia. Cuando todo el horizonte era campo, uno de ellos, Jerónimo, levantándose en sus estribos, pegó el grito esperado: “ Allá, allᔠmientras que con su brazo derecho extendido alargado por su rebenque picazo, señalaba la primera cuadrilla avistada sobre la derecha del conjunto.

Inmediatamente se dividieron en grupos y comenzó la corrida hacia la inconfundible silueta de los ñandúes, que aunque algo lejos aún, ya los habían avistado a ellos mucho antes, pues sus largos cuellos y su excelente vista, les daba una ventaja natural muy grande respecto al hombre. No obstante, no tenían la inteligencia de éste, por lo que de a poco y toda velocidad se les fueron acercando. Los que llevaban de tiro, habían desmontado al salto y maneado los fletes de repuesto, y vuelto a montar ágilmente saliendo a la disparada detrás de sus compañeros. Ya cerca pudieron apreciar sus largas patas, y sus alas, aunque inútiles para el vuelo, hacían amagues volcándolas hacia uno y otro lado, echando sus cuerpos al lado contrario tratando en su desesperada huída, de proteger a sus charos que iban quedando cola en la bandada.

Pero estos no corrían peligro, pues para la gente solo les importaba los machos y las hembras grandes y por sobre todo los que estaban gordos, porque de esa manera tendrían en uno todo lo buscado: plumas, buen cuero y buena carne. Conocedores de cómo tenía que ser un buen ejemplar, rieron satisfechos pues habían dado con una cuadrilla excelente y había para elegir; sus vistas se centraron en tres machos nuevos, cuyas plumas del lomo levantadas, hablaban bien a las claras de su gordura, por lo que con unos acertados tiros de sus boleadoras diestramente manejadas lanzadas a los cogotes de los “zancudos”, dieron por tierra con los tres elegidos.

El resto seguía a toda carrera por detrás de la cuadrilla, mientras los boleadores habían desmontado rápidamente y aproximándose con sumo cuidado a los machos caídos, con el rebenque agarrado al revés y de la lonja, haciendo caso omiso del ruido que con sus picos pretendían asustarlos , desmayaban a sus cazados de un certero golpe en las cabezas.- Más adelante, sus compañeros habían boleado otros dos, esta vez resultaron dos hembras y también estaban en la misma tarea que ellos. Todos entretenidos y entusiasmados por el éxito de la boleada, no tuvieron en cuenta el peligro de la llanura, los indígenas, quizá, en la creencia de que éstos no estarían por los alrededores, pero se equivocarían y lamentablemente tarde para ello.

Segismundo, el más joven de todos, había avistado un macho que estaba totalmente apartado del resto de la manada y como no había podido bolear nada hasta el momento, alejándose de sus compañeros, olvidando las recomendaciones de no separarse del grupo, había salido en procura de aquél, considerando que sería fácil el atraparlo. Iba a galope tendido cuando de repente sintió a sus espaldas, un estruendoso ruido como de caballos en tropel y sin parar dándose vuelta, vio horrorizado que una veintena de salvajes, corriendo en abanico, lo habían cercado prácticamente, separándolo de sus compañeros. Habían surgido de la nada.- Nadie los había visto, pero el caso era que él los tenía encima.

Olvidándose del ñandú y del porqué estaría solo, hincando brutalmente sus nazarenas en los hijares de su caballo, trató de poner distancia de ellos buscando desesperadamente con su vista, un lugar adonde poder escapar. Lo que avistó, desgraciadamente para él y como única escapatoria, fue que corría derecho a una laguna y que por sus dimensiones, no iba a poder rodearla sin que lo alcanzaran sus perseguidores, que dicho sea de paso, estaban cada vez más cerca. Por su mente pasaban a la velocidad del rayo, infinidad de preguntas y sobre todo, adonde estarían sus compañeros y si los habrían visto y de hacerlo, si llegarían en su ayuda a tiempo, en su padre y en su madre.

Así llegó al agua y su caballo pegando un gran salto, lo internó en ella quedando luego como estaqueado. Desmontando como un bendito, y poniendo a su montado de escudo, echó mano a su daga a la vez que se enrollaba su poncho en el brazo izquierdo, esperando la llegada de los salvajes. Como una tromba y helando la sangre con sus gritos y alaridos, lanzas y boleadoras en mano, lo atacaron sin darle lugar a defensa alguna. Al primer amague de tirarles un hachazo, fue cruelmente atravesado por dos lanzazos, rematándolo un certero bolazo en su cabeza. Su cuerpo, deslizándose pesadamente por el costado de su caballo, cayó al agua, cubriendo con una alfombra roja la superficie de la lagunita campera.

Los indígenas, llevándose su caballo de tiro, terminaron de rodearla y se perdieron con gritos de triunfo tras una nube de polvo, que marcaría a los compañeros de Segismundo que advertidos del ataque corrían en su ayuda, que todo había acabado para éste. Recogiendo su cuerpo inerte y acomodándolo sobre el lomo de unos de los caballos de refresco, se aprestaron a regresar a la estancia, sumidos en un silencio que helaba la sangre, en ese mediodía cálido y pleno de sol. ¡Que dirían en la estancia!

Los ñandúes boleados, fueron cargados en las grupas de los caballos y una comitiva lúgubre , otrora feliz y llena de vida, regresaba con un hombre muerto y una sed de represalia poco disimulada en sus veteranos rostros.- Habían pagado muy caro ese descuido y para siempre, les quedaría ese recuerdo amargo del no haber podido hacer nada por Segismundo, un joven paisano al que le esperaba toda una vida por delante.

Al llegar a la estancia, y como adivinando que algo había ocurrido, Don Cosme ,dueño de “Malal-Tuel”, salió presuroso a recibirlos y al presenciar el triste cuadro que se presentaba a sus ojos, a paso lento y con la mano temblorosa extendida hacia el cuerpo sin vida de Segismundo, entre sollozos y entrecortadas palabras solo se le oyó decir: ¡Hijo, hijo mío!


Cholo Iseas
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choloiseas@yahoo.com.ar
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