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La rústica religiosidad del hombre de campo
"Debe el gaucho tener casa, /escuela, iglesia y derechos", dice Fierro. Lo dice porque, evidentemente, ésas eran cosas que el gaucho real que Hernández conoció muy raramente tenía. Por muchos motivos sin duda, en primer lugar debido a que el ámbito de sus andanzas era puramente rural hasta un punto que hoy resulta casi inconcebible. Aires, a cuyas espaldas se adhería el inmenso manto de su campaña moteado por unos pocos pueblos, que en verdad no pasaban de caseríos, como Luján.
Sábado 26.02.2011"Debe el gaucho tener casa, /escuela, iglesia y derechos", dice Fierro. Lo dice porque, evidentemente, ésas eran cosas que el gaucho real que Hernández conoció muy raramente tenía.
Por muchos motivos sin duda, en primer lugar debido a que el ámbito de sus andanzas era puramente rural hasta un punto que hoy resulta casi inconcebible.
Ciudad por aquí sólo estaba Buenos Aires, a cuyas espaldas se adhería el inmenso manto de su campaña moteado por unos pocos pueblos, que en verdad no pasaban de caseríos, como Luján. Los separaban "pagos" sin centro definido, potreros, estancias, fortines y contados y desvalidos seres humanos cercanos al nomadismo.
Entre aquello que el poema pide se halla "iglesia", cuya falta, en efecto, representaba una carencia grande para los criollos, reconocida y lamentada por todos, aún por quienes no se destacaban por su fe religiosa. No habiendo casi poblados, no había casi iglesias ni curas. Los escasos miembros del clero solían ser españoles o italianos y más bien se dedicaban a atender a los colonos, aunque cada tanto salían a recorrer estancias, a confesar, a matrimoniar parejas y a impartir bautismos, trámites que luego no volverían a tener lugar hasta el año siguiente.
Ni predicación había y seguramente prosperaba toda clase de supersticiones ingenuas, de las que queda el recuerdo folklórico de esas historias de aparecidos. Pero no pocos testimonios nos pintan al gaucho como ahincadamente incrédulo pese a ese cúmulo de creencias pueriles o desinteresado de los asuntos de la religión.
Al respecto, Godofredo Daireaux proporciona datos que aclaran esa situación. Nos cuenta que existía una marcada diferencia entre las reticencias del gaucho y la devoción muy firme de su compañera. Explica que ese sentimiento se centraba de manera poco menos que exclusiva en fragmentos de la predicación de Cristo y en la confianza en Nuestra Señora de Luján. Describe -hacia 1890- la humilde estampita que hacía las veces de imagen y que junto a una vela encendida se hallaba cerca del camastro; la mujer cuidaba que no se apagase.
Lo de la vela tenía carácter arquetípico y parece que el criollo apenas si entendía la devoción sin su uso. Además se santiguaba a menudo, aún cuando rara vez supiese rezar. Y las invocaciones religiosas surgían constantemente de su boca, como "Ave María purísima" y "Dios lo guarde".
Las figuras de ese cuño eran por demás frecuentes, así como la cita de muchos episodios de la vida de Cristo, difundidos por los payadores, en quienes residía la memoria colectiva del hombre de campo. Y este, ignorante y analfabeto, sabía, sin embargo que Magdalena había pecado y que lloraba su arrepentimiento, que Pedro negó tres veces al Señor, que Tomás debió tocar para creer y que Lázaro fue rescatado de la sombra: esas cosas sí las sabía todo el mundo.
La Nación
Por muchos motivos sin duda, en primer lugar debido a que el ámbito de sus andanzas era puramente rural hasta un punto que hoy resulta casi inconcebible.
Ciudad por aquí sólo estaba Buenos Aires, a cuyas espaldas se adhería el inmenso manto de su campaña moteado por unos pocos pueblos, que en verdad no pasaban de caseríos, como Luján. Los separaban "pagos" sin centro definido, potreros, estancias, fortines y contados y desvalidos seres humanos cercanos al nomadismo.
Entre aquello que el poema pide se halla "iglesia", cuya falta, en efecto, representaba una carencia grande para los criollos, reconocida y lamentada por todos, aún por quienes no se destacaban por su fe religiosa. No habiendo casi poblados, no había casi iglesias ni curas. Los escasos miembros del clero solían ser españoles o italianos y más bien se dedicaban a atender a los colonos, aunque cada tanto salían a recorrer estancias, a confesar, a matrimoniar parejas y a impartir bautismos, trámites que luego no volverían a tener lugar hasta el año siguiente.
Ni predicación había y seguramente prosperaba toda clase de supersticiones ingenuas, de las que queda el recuerdo folklórico de esas historias de aparecidos. Pero no pocos testimonios nos pintan al gaucho como ahincadamente incrédulo pese a ese cúmulo de creencias pueriles o desinteresado de los asuntos de la religión.
Al respecto, Godofredo Daireaux proporciona datos que aclaran esa situación. Nos cuenta que existía una marcada diferencia entre las reticencias del gaucho y la devoción muy firme de su compañera. Explica que ese sentimiento se centraba de manera poco menos que exclusiva en fragmentos de la predicación de Cristo y en la confianza en Nuestra Señora de Luján. Describe -hacia 1890- la humilde estampita que hacía las veces de imagen y que junto a una vela encendida se hallaba cerca del camastro; la mujer cuidaba que no se apagase.
Lo de la vela tenía carácter arquetípico y parece que el criollo apenas si entendía la devoción sin su uso. Además se santiguaba a menudo, aún cuando rara vez supiese rezar. Y las invocaciones religiosas surgían constantemente de su boca, como "Ave María purísima" y "Dios lo guarde".
Las figuras de ese cuño eran por demás frecuentes, así como la cita de muchos episodios de la vida de Cristo, difundidos por los payadores, en quienes residía la memoria colectiva del hombre de campo. Y este, ignorante y analfabeto, sabía, sin embargo que Magdalena había pecado y que lloraba su arrepentimiento, que Pedro negó tres veces al Señor, que Tomás debió tocar para creer y que Lázaro fue rescatado de la sombra: esas cosas sí las sabía todo el mundo.
La Nación
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