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María Angélica Massa, una reliquia de la tierra

Berra es un pueblito ubicado al oeste de San Miguel del Monte, a unos quinientos metros de la ruta 41. Como en casi todos los parajes hay allí apenas una decena de casas, la escuela, un almacén que también oficia de bar en las anochecidas y los domingos, y vestigios de una vieja fábrica de productos lácteos que permite intuir que, en otros tiempos, las cosas fueron de otro modo en ese lugar.

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Jueves 17.12.2009Berra es un pueblito ubicado al oeste de San Miguel del Monte, a unos quinientos metros de la ruta 41. Como en casi todos los parajes hay allí apenas una decena de casas, la escuela, un almacén que también oficia de bar en las anochecidas y los domingos, y vestigios de una vieja fábrica de productos lácteos que permite intuir que, en otros tiempos, las cosas fueron de otro modo en ese lugar.

El camino de tierra que atraviesa el poblado se pierde hacia el Sur en un horizonte uniforme surcado por dos huellas serpenteantes, producto de un invierno llovedor. Un hombre anciano cabalga en pelo en un caballo tan cabizbajo como el mismo jinete. Se descubre su frente calva para responder el saludo de éste cronista y la posterior pregunta: "Hola amigo. Angélica Massa vive en la última casa, ya saliendo para el campo", dice en un tono cordial.

Tres perros ladran cerca de la tranquera del guardapatio y desde el interior se oye la voz de una viejita que invita a pasar y pide que esperen un momento por que va en camino. Con mucha dificultad, ayudada por un andador, se acerca hacía el recién llegado y saluda con confianza campesina. "Estoy acostumbra a que me venga a visitar gente que no conozco", dice mientras invita a tomar asiento a un costado de la cocina a leña con la que aguanta un invierno por demás helador y ventoso.

"Viejita gaucha"

María Angélica es una de esas "viejitas gauchas" que hubo en el campo por todo el territorio. Vestía a la usanza campera y así lo sigue haciendo, aunque ya no puede lucir ese atuendo dominguero que la caracterizo e hizo popular su figura en actos patrios, ceremonias y alguna que otra fiesta a la que era invitada como figura representativa de las mujeres trabajadoras del campo.

El mérito de Angélica fue haber trabajado sin descanso ni pereza durante toda su vida a campo abierto. De niña aprendió todo tipo de trabajos ayudando a sus padres, y ya en su adolescencia se inicio en la chacra, primero fue con un arado de asiento tirado por caballos y más tarde con tractor. "De los trabajos rurales podría acordarme de muchas anécdotas pero aquella del concurso en Cañuelas es la más pintoresca", recuerda.

Se refiere a la competencia que se hacía como parte de una exposición en la cual ordeñadores de varias localidades competían por su destreza en esa actividad. Angélica viajó hasta allí sin muchas esperanzas pero triunfó en la prueba, superando no solo a otras mujeres sino también a algunos paisanos que terminaron entre resentidos y humillados por la superioridad de esa paisana.

Aunque algún pretendiente tuvo en su juventud, no se casó. Se acuerda de uno en particular del cual estuvo enamorada. "Y mire usted: él tampoco se casó", observa, pero guarda los detalles entre los misterios que la gente suele reservarse para sí y para siempre.

El resto de sus años transcurrieron en los campos de la región entre laboreos y cosechas, con calor y heladas, pero también trabajando entre la gente de a caballo porque esa fue una de las tareas que más le gustó hacer.

"Yo he sido feliz, aunque también he tenido grandes sufrimientos, como la muerte de mis padres. He sido feliz porque hasta me han hecho sentir importante cuando la intendenta del pueblo me presentó a dos gobernadores que nos visitaron en Monte (por Eduardo Duhalde y Felipe Solá)", destaca sin disimular su orgullo y de inmediato afirma: "Ahora ya tengo 93 años y estoy así, que ni caminar sola puedo. Una vecina me ayuda a prender la cocina a leña en la nochecita y alguna otra cosita que haga falta, pero no quiero ir a un asilo porque tengo mis perros y ahí no los puedo llevar. Un accidente le provocó fractura de cadera y María Angélica se moviliza con dificultad, ya no puede manejar su auto, pero conserva tres perros que además de ser hermanos entre sí ya tienen como quince años.

Dos años más tarde, quien suscribe llegó nuevamente a Berra con la intención de visitar a María Angélica Massa, pero no la halló en su casa. "Se fue agravando y falleció luego de estar internada. Los perros estaban como ella, pobres, y se los llevó una sobrina", relató un vecino. Así, con esa "viejita gaucha" que supo arar y ordeñar como los más diestros, se fue una verdadera reliquia de estas tierras.

 

Horacio Ortiz
La Nación

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