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Acercándonos a la peste porcina clásica
La peste porcina clásica (PPC) es una enfermedad viral infectocontagiosa que afecta al ganado porcino tanto doméstico como salvaje. Por su efecto devastador y las implicaciones negativas que trae para el mercado de cerdos y sus productos derivados, está incluida en la Lista A de la Office Internacional des Épizooties (OIE).
Porcinos
La peste porcina clásica (PPC) es una enfermedad viral infectocontagiosa que afecta al ganado porcino tanto doméstico como salvaje. Por su efecto devastador y las implicaciones negativas que trae para el mercado de cerdos y sus productos derivados, está incluida en la Lista A de la Office Internacional des Épizooties (OIE).
El agente causal, bien caracterizado molecularmente, es un virus con genoma RNA, de simple cadena y polaridad positiva, perteneciente al género Pestivirus, familia Flaviviridae. Las características clínicas de la enfermedad dependen del estado inmune de la población infectada, de la edad de los animales y de la virulencia viral.
Existen metodologías para el diagnóstico basadas en la detección del antígeno viral, los anticuerpos frente al virus o el genoma viral. Epidemiológicamente la PPC tiene un comportamiento sencillo y la lucha para su erradicación está dirigida sólo contra la especie porcina. El control se realiza aplicando vacunas vivas convencionales como método profiláctico seguro y eficiente, o llevando a cabo la eliminación total de los rebaños infectados y en contacto.
Actualmente se desarrollan vacunas marcadoras inactivadas que permiten diferenciar los animales vacunados de los infectados y convalecientes, con lo que se resuelven las desventajas de las vacunas convencionales y las extremas consecuencias económicas y éticas de la política de stamping out.
Palabras clave: peste porcina clásica; control, vacunas marcadoras.
Introducción
La peste porcina clásica, conocida también como cólera porcino o fiebre porcina europea, es una de las enfermedades virales de mayor incidencia desde el punto de vista económico y sanitario en la industria del cerdo (Saatkamp y col., 2000). La enfermedad se reportó por primera vez en Ohio, Estados Unidos de América en 1830, y desde entonces se ha diseminado por todo el mundo (Hanson, 1957).
Debido a su carácter transmisible con enorme potencial para diseminarse considerable y rápidamente, más allá de las fronteras nacionales, lo que trae consigo severas consecuencias socioeconómicas y grandes afectaciones al comercio de animales y productos derivados de estos, la enfermedad está incluida en la lista A de la Office Internacional des Épizooties (OIE, 2004).
La enfermedad ha sido erradicada en países como Canadá, Nueva Zelandia, Australia, los Estados Unidos de América y algunos Estados Miembros de la Unión Europea, sin embargo, está presente de forma enzoótica en Centro y Suramérica así como en Asia (Edwards y col., 2000).
Características del virus de la peste porcina clásica
Morfología
El agente etiológico de la peste porcina clásica es un virus pequeño, perteneciente al género Pestivirus, familia Flaviviridae (Horzinek, 1991; Morrilla y col., 2002). La partícula vírica tiene un diámetro de 40 a 50 nm, presenta envoltura, y la cápside tiene morfología icosahédrica (Francki y col., 1991; Wang y col., 1999). El coeficiente de sedimentación está entre 40 y 45 S (Enzmann, 1988).
La replicación del virus tiene lugar en el citoplasma celular, tras lo cual es liberado al medio extracelular, y adquiere así una envoltura lipídica muy lábil, que contiene componentes de la célula hospedera. En la envoltura se han observado unas proyecciones glicoproteicas de distribución irregular, que contribuyen a la heterogeneidad en relación al tamaño del virus, debido a que dichas glicoproteínas son sumamente sensibles, y se pierden con facilidad en los procesos de purificación viral (Enzmann, 1988).
Propiedades físico-químicas
Debido a la presencia de lipoproteínas en su envoltura, el virus se inactiva rápidamente con disolventes orgánicos, como cloroformo y éter, así como con detergentes, entre ellos el Nonidet P-40, el desoxicolato y la saponina. También es sensible a la acción de radiaciones ultravioletas y a pH entre 3-4 y 11-12 (Terpstra, 1991; van Oirschot, 1999).
La infectividad se destruye fácilmente sometiendo el virus a temperaturas de 60ºC durante un mínimo de 10 minutos (Kubin, 1967); mientras que la infectividad no se pierde en sangre desfibrinada a una temperatura de 68°C por 30 minutos (Torrey y Prather, 1963). Por otra parte se logra la inactivación del virus con hipoclorito de sodio al 2 %, cresol al 6 %, fenol al 5 % e hidróxido de sodio al 2 % (Moenning y Plageman, 1992).
Las enzimas proteolíticas como la tripsina, ejercen una inactivación moderada. El virus de la PPC es estable en un rango de pH entre 8 y 9, a temperaturas de -20ºC y -70ºC, así como liofilizado; en estas condiciones puede mantenerse durante años. Asimismo, puede durar semanas a temperatura de refrigeración en recipientes de cristal herméticos, sin una disminución marcada de la infectividad. Los conservantes como la glicerina al 1% ó el fenol al 0,5%, aumentan la efectividad del proceso de conservación (Moenning y Plageman, 1992).
Resistencia a condiciones ambientales
La supervivencia del virus en la Naturaleza depende del medio y del sustrato en que éste se encuentre (sangre, heces, saliva); aunque se trata de un virus bastante resistente a la desecación y al medio externo (Edwards, 2000).
La putrefacción lo destruye de uno a tres días, de ahí que se inactive fácilmente en el estiércol (24-48 h), si no se encuentra en sangre o moco. En locales deshabitados suele desaparecer entre 1 y 15 días, aunque estos no se hayan desinfectado, lo cual depende de la suciedad y desecación que se produzca.
Debido a la supervivencia del virus en un amplio rango de pH (5-10) la acidez cadavérica no lo destruye, y se conserva durante tiempo variable en carnes frescas ahumadas congeladas, salazones, tripas, productos conservados sin antisépticos o altas temperaturas (Helwig y Keast, 1966; Stewart y col., 1979). En jamones llega a mantenerse hasta 252 días (Zamora y col., 1996). Esta estabilidad del virus adquiere gran importancia por el tiempo en que sobrevive en productos cárnicos, lo cual contribuye a su diseminación a áreas libres de PPC (Terpstra, 1991).
Multiplicación y propagación del virus
El único hospedero natural del virus de la PPC es el cerdo tanto doméstico como salvaje, aunque el virus es capaz de replicarse en otras especies animales como rumiantes domésticos, venados y animales de experimentación, en los que provoca una reacción febril, prácticamente asintomática (Moennig, 2000). Entre ellas, el conejo es la más importante, ya que dio lugar a la obtención de las clásicas cepas vacunales atenuadas, utilizadas en Europa en los años 70 y principios de los 80 para el control y erradicación de la enfermedad (Aynaud, 1970).
La replicación del virus se produce en cultivos primarios de células de riñón porcino, testículos de ratón y cerdos, células porcinas embrionarias, cultivos primarios de células de riñón de cobayo, zorro, conejo y ardilla. El virus es capaz de replicarse en varias líneas celulares como 38 AlD, SK6 y PK15, en las que por lo general no causa efecto citopático (van Oirschot, 1999); aunque se han aislado cepas de PPC que sí lo producen (Meyers y Thiel, 1995). Se ha demostrado que el virus solamente es capaz de replicarse en el citoplasma de la célula (van Oirschot, 1999).
Relaciones genómicas y antigénicas
El virus de la PPC (VPPC) se encuentra estrechamente relacionado, tanto antigénica como genéticamente con otros dos virus integrantes del mismo género Pestivirus: el virus de la diarrea vírica bovina (BVDV) y el de la enfermedad de la Frontera (BDV) (Meyers y Thiel, 1996). Estos dos virus son primariamente patógenos para los rumiantes, aunque el BVDV puede también infectar el ganado porcino causando en algunas ocasiones infecciones con un cuadro clínico y lesiones similares a la PPC (Carbrey y col., 1977; Sakoda y col., 1999).
Gracias a la utilización de los anticuerpos monoclonales frente a diferentes epítopes de la gp55 se pueden estudiar las diferencias antigénicas entre los distintos virus (Bolin y col., 1988; Edwards y col., 1988; Corapi y col., 1990; Nepoklonov y col., 1999). Por otra parte, estudios comparativos de secuencias entre el VPPC y el VBVD han demostrado la presencia de zonas de alta homología entre ambos virus tanto a nivel de nucleótidos (del 66 al 74 %), como a nivel de aminoácidos donde puede llegar al 85% (Meyers y col., 1989).
Estructura molecular del virus
Organización del genoma
El genoma viral está formado por una molécula de RNA de simple cadena y polaridad positiva, con una longitud de 12284 nucleótidos (aproximadamente 12,3 Kb) y un marco de lectura abierto capaz de codificar 3989 aminoácidos y flanqueado por dos pequeñas regiones no codificantes (Tautz y col., 1996; Greiser-Wilke y col., 2000). Gracias a la secuenciación de los genomas completos de varias cepas de PPC se conoce actualmente que las tallas de los mismos pueden oscilar desde 12.5 hasta 16.5 Kb (Hulst y Moormann, 1997; Paton y col., 2000).
El genoma viral actúa como ARN mensajero (Wang y col., 1999), y se traduce en una poliproteína que es procesada post-traduccionalmente por la acción de proteasas virales y de la célula hospedera, para dar lugar a las proteínas maduras (Rümennaph y col., 1993; Hulst y col., 1998).
En la secuencia del genoma la primera proteína codificada es una autoproteasa no estructural (p23 ó Npro). A continuación se hallan codificadas las proteínas estructurales en el orden: proteína de la cápside, glicoproteínas de la envoltura viral (Erns, E1 y E2) y proteínas no estructurales (NS2-3, NS4A, NS4B, NS5A y NS5B) (Meyers y Thiel, 1996).
Los extremos que flanquean el marco abierto de lectura son regiones no traducidas que carecen de las estructuras típicamente encontradas en los ARN mensajeros eucarióticos: la estructura en forma de caperuza hacia el extremo 5' y la cola de poliadenina hacia el extremo 3' de la molécula. Estas regiones deben ser equivalentes desde el punto de vista funcional a las estructuras mencionadas, de manera que se controle el inicio de la traducción y la estabilidad del ARN viral, respectivamente (Steffens y col., 1999).
Proteínas virales
La autoproteasa codificada por los miembros de género Pestivirus es única dentro de la familia Flaviviridae (Rümenapf y col., 1998). Las proteínas estructurales Erns, E2 y la proteína no estructural NS3 inducen la producción de anticuerpos después de la infección (Bouma y col., 2000). Los anticuerpos frente a la NS3 no son capaces de distinguir entre especies de pestivirus, debido al grado de conservación de esta proteína no estructural ((Edwards y col., 1990). Sólo las proteínas de la envoltura E0 y E2, son capaces de inducir anticuerpos neutralizantes (Yu y col., 1996; Hulst y Moormann, 1997).
La proteína E2 de la envoltura, es considerada la más inmunogénica del virus, ya que por sí sola es capaz de inducir la producción de anticuerpos neutralizantes (van Rijn y col., 1993). Respuestas inmunes contra la E2 han sido capaces de inducir protección en los animales, por lo que esta proteína es considerada un candidato ideal para el desarrollo de vacunas recombinantes así como para el diagnóstico serológico (Yu y col., 1996).
Esta proteína tiene un tamaño de 55 Kda, y puede formar dímeros (Weiland y col., 1992; Meyers y Thiel, 1996). El extremo N-terminal contiene todos los dominios neutralizantes (A,B.C,D) y se halla hacia la superficie de la partícula viral (van Rijn y col., 1993). Por otra parte el extremo C-terminal puede utilizarse para hacer un diagnóstico de género cuando tiene lugar el procesamiento viral, puesto que no está expuesto en la superficie del virión, sino que está contenido en la región transmembrana (Yu y col., 1996).
Las proteínas no estructurales tienen como función llevar a cabo la replicación del genoma viral, el procesamiento de la poliproteína durante la traducción y la regulación de estos eventos. La NS2-3 se ha identificado como una proteasa y la NS5B contiene los dominios correspondientes a la ARN polimerasa viral ARN dependiente (Donis, 1995).
Características generales de la enfermedad
Se han descrito cursos hiperagudos, agudos, subagudos, crónicos y persistentes de la enfermedad, lo cual depende del la virulencia de la cepa de virus y del estado inmune de los animales infectados. El período de incubación puede variar de 3 a 15 días dependiendo de la virulencia de la cepa, la ruta de infección y la dosis (Depner y col. 1997). En la actualidad la mayor parte de las epizootias son provocadas por cepas de moderada virulencia (Kleiboeker, 2002).
La enfermedad hiperaguda y aguda es provocada por cepas de alta virulencia del virus de la peste porcina clásica. En la enfermedad hiperaguda los animales se hallan moribundos o muertos, y en general no se presentan las lesiones características (Dulac, 1998, van Oirschot, 1999).
La PPC aguda se caracteriza por una severa depresión y anorexia, con fiebre elevada de 41 a 42 0C, conjuntivitis, tonsilitis con focos necróticos, así como marcada leucopenia sobre todo en los estadíos tempranos de la enfermedad (Summerfield y col., 2001). Es común la ocurrencia de estreñimiento seguido por diarreas acuosas y severas durante la fase inicial de alta fiebre.
Frecuentemente se presentan hemorragias en la piel, y en fase terminal se observan regiones cianóticas en la piel del abdomen, patas traseras y orejas. Los cerdos se agrupan en busca de calor. Además puede presentarse descoordinación y convulsiones pocas horas antes de la muerte. La mortalidad es alta en la PPC aguda y ocurre entre 10 y 20 días post-infección (Terpstra, 1991).
Los cambios patológicos se observan fundamentalmente en los nodos linfáticos, los riñones, las tonsilas y el bazo. Los nodos linfáticos se inflaman y se tornan edematosos, y hemorrágicos posteriormente. Se observan hemorragias petequiales en la superficie de la corteza renal, vejiga urinaria, laringe, epiglotis, corazón, mucosa intestinal y en la piel, y con menos frecuencia en la médula renal.
El infarto del bazo se considera una lesión muy característica de la PPC, y se manifiesta de forma simple o como un conjunto de lesiones coalescentes que forman un límite continuo de infartos. La tonsilitis severa se presenta normalmente, y los infartos seguidos de invasión bacteriana, puede conllevar a una tonsilitis de tipo supurativa. En el pulmón también pueden detectarse los infartos y las hemorragias.
La mayor parte de los cerdos con PPC aguda presentan encefalitis, y es posible detectar proliferación de células endoteliales , microgliosis y necrosis focal en el cerebro (Moennig y col., 2003). Las múltiples hemorragias son el resultado de la degeneración de células endoteliales y de la severa trombocitopenia, así como de los trastornos en la síntesis de fibrinógeno (Paton y Greiser-Wilke, 2003).
Las cepas virales de reducida o moderada virulencia causan PPC subaguda, caracterizada al igual que la PPC aguda por una septicemia generalizada. Puede presentarse fiebre durante 2 a 3 semanas, con temperaturas de 40.5 a 41 0C. En este caso se reduce la morbilidad y mortalidad, y los animales que mueren lo hacen a los 30 días post-infección (van Oirschot, 1999).
La PPC crónica es resultado de la infección con cepas de baja virulencia o de la ocurrencia de la enfermedad en rebaños vacunados. Se han descrito tres fases clínicas. La primera es semejante al curso subagudo pero la enfermedad se disemina más lentamente, y se obtienen títulos virales menos elevados. Los cerdos desarrollan anorexia, depresión, fiebre y leucopenia.
Tras varias semanas se produce la segunda fase en la que los animales mejoran desde el punto de vista clínico y se muestran normales. En la fase final, los cerdos vuelven a manifestar anorexia, depresión fiebre. Estos animales presentan enanismo y por tanto bajos rendimientos, además pueden tener alopecia, lesiones en la piel y mostrar un lomo arqueado al pararse.
La mortalidad es relativamente baja, y los cerdos mueren entre 1 y 3 meses post-infección. Las lesiones fundamentales son necrosis y ulceraciones botonosas en el colon, lesiones en las costillas debido a la calcificación de células cartilaginosas. Además se observan lesiones microscópicas de glomerulonefritis como resultado de la deposición de complejos antígeno-anticuerpo (Mengeling y Packer, 1969).
Al producirse la infección de una cerda gestante por una cepa de baja virulencia, la enfermedad inicial puede mostrar un curso inaparente; sin embargo, los fetos pueden infectarse in utero (van Oirschot y Terpstra, 1977). La infección con el virus de la PPC en estas condiciones puede provocar momificación fetal, nacidos muertos o malformación. Los cerditos nacidos muertos presenta edema subcutáneo, ascitis e hidrotórax.
Si nacen vivos, estos animales se muestran débiles y mueren poco después del nacimiento. Se observan las hemorragias petequiales de la piel y los órganos internos. Algunos de estos animales infectados congénitamente exhiben temblores congénitos. Una parte nace saludable y puede permanecer así durante meses.
Estos animales están infectados de forma persistente, son tolerantes al virus y lo liberan constantemente, por lo que lo diseminan en un sistema de producción y perpetúan la infección con este virus en la población (Meyer y col. 1980).
Dado que estos cerditos son inmunotolerantes al virus, son seronegativos a anticuerpos específicos frente al antígeno viral. Estos animales infectados persistentemente pueden permanecer saludables por meses y desarrollar una enfermedad tardía, caracterizada por anorexia, depresión, dermatitis, diarrea y paresis posterior (van Oirschot y Terpstra, 1977).
La mayoría de estos cerditos sobrevive más de 6 meses, pero todos mueren antes de un año. Las lesiones fundamentales incluyen atrofia del timo, severa depleción de linfocitos e hipoplasia germinal de los órganos linfoides. En cerdos infectados de forma pesistente, las hemorragias son menos acentuadas o no se presentan. En animales de cría infectados con cepas de baja virulencia del virus de la PPC el único síntoma clínico puede ser un pobre rendimiento reproductivo (van Oirschot, 1999).
Las infecciones persistentes se han descrito también tras infección post-natal con cepas de baja virulencia. La enfermedad es ligera o subclínica. Se presenta leucopenia hasta los estadíos finales y puede ocurrir leucocitosis en fase terminal (Kleiboeker, 2002).
Diagnóstico de la peste porcina clásica
El diagnóstico de la peste porcina clásica debe realizarse necesariamente en el laboratorio ya que sus síntomas y lesiones macroscópicas pueden ser confundidos con los de otras enfermedades de carácter hemorrágico que también afectan a la especie porcina.
El diagnóstico de laboratorio se lleva a cabo mediante diferentes métodos encaminados a detectar el antígeno viral, el RNA viral y los anticuerpos específicos. Debe tenerse en cuenta la homología antigénica y genética del VPPC con otros pestivirus, para establecer de forma correcta un diagnóstico diferencial (Cedi Diagnostics B.V. ID-Lelystad, 2002).
Detección de antígeno viral
Inmunofluorescencia directa
La detección de antígeno de PPC por inmunofluorescencia directa se lleva a cabo en amígdalas, bazo, riñón e íleon. Debe tenerse en cuenta que el primer lugar donde se detecta es en amígdalas, por lo que en infecciones recientes el envío de estas es fundamental para el éxito del diagnóstico de PPC por esta técnica. De igual forma la parte distal del íleon es donde se detecta en último lugar, de ahí que sea necesario disponer de íleon en el caso de infecciones que no cursen de forma aguda como las infecciones subagudas y crónicas (Bloemraad, 2000).
La inmunofluorescencia directa se realiza sobre corte en criostato de la muestra. Dicho corte se incuba con el conjugado que consiste en anticuerpos conjugados con isotiocianato de fluoresceína durante 1 hora a 370C.
El conjugado que se utiliza con más frecuencia se produce con suero anti-PPC, lo que da reacciones cruzadas con otros pestivirus por lo que no permite realizar un diagnóstico diferencial así como tampoco diferencia cepas vacunales de cepas de campo. Sin embargo, la utilización de conjugados fluorescentes producidos a partir de un panel de anticuerpos monoclonales nos permite resolver estas dificultades (Nepoklonov y col., 1999); aunque constituye una tecnología difícil, por lo que una alternativa puede ser la obtención de un suero policlonal monoespecífico anti E2.
La inmunofluorescencia directa es una técnica rápida (aproximadamente dos horas) y relativamente fácil de ejecutar además de ser una de las técnicas de referencia para el diagnóstico de PPC (Terpstra, 1996); no obstante hay que tener en cuenta que la interpretación del resultado tiende a ser subjetiva por lo que requiere de gran experiencia por parte de la persona que la realiza.
En cuanto a sensibilidad, es una técnica bastante menos sensible que la PCR o el aislamiento en cultivos celulares y por esta razón no se debe dar un resultado negativo utilizando la inmunofluorescencia directa como técnica única de diagnóstico (Nepoklonov y col., 1998).
Inmunoperoxidasa
La técnica de inmunoperoxidasa es prácticamente igual que la de inmunofluorescencia directa. En este caso se utiliza un conjugado de anticuerpos policlonales o monoclonales con peroxidasa. La interpretación de los resultados es algo más complicada en esta técnica. Las otras consideraciones hechas para la inmunofluorescencia directa en cuanto a sensibilidad, son igualmente válidas para la inmunoperoxidasa (de Smit, 2000).
ELISA de captura de antígeno
En los últimos años se han desarrollado kits comerciales que detectan antígeno de PPC a partir de distintas muestras que varían dependiendo del tipo de kit que se utilice: leucocitos, suero y macerados de distintos órganos. Son ELISAs (tipo sandwich) específicos de PPC que utilizan anticuerpos monoclonales frente a alguna proteína del virus de la PPC.
Si bien la sensibilidad de la técnica ELISA para la detección de antígeno de PPC es menor en cuanto a dilución detectada así como a los días post-inoculación que la técnica PCR y el aislamiento en cultivos celulares (el ELISA suele detectar el virus de PPC en sangre a los 6-7 días post-inoculación, mientras que el PCR lo hace a los 3 días), la rapidez, facilidad de ejecución y la posibilidad de procesar un gran número de muestras hacen que esta técnica sea de elección a la hora de detectar el virus en condiciones de campo (Pearson, 1992; Moennig, 2000).
Aislamiento viral
Consiste en lograr la multiplicación del virus presente en la muestra problema, en una línea de células sensibles y permisivas. La línea PK-15 cumple con estos requisitos y en general es la más utilizada para el aislamiento del virus de la PPC; aunque también resulta adecuada para este propósito la línea celular SK-6. Las amígdalas son la muestra de preferencia para el aislamiento.
En caso de no disponer de amígdalas, el bazo es la siguiente muestra en orden de preferencia. Un macerado de la muestra problema se añade a un cultivo de células en plena división en una proporción del 2% al 10%, y se examina diariamente durante tres días. En caso de que al cabo de 72 horas no se detecte virus, se da un pase a ese cultivo procediendo de la misma manera. Una muestra se considera negativa tras tres pases negativos (de Smit y col., 2000).
El virus de la PPC no produce efecto citopático (van Oirschot, 1999) en las células por lo que su multiplicación debe comprobarse mediante técnicas que permitan identificar el virus (inmunofluorescencia directa o inmunoperoxidasa sobre la monocapa de células, PCR o ELISA).
El hecho de que el virus no produzca efecto citopático trae consigo que muchos cultivos de la línea celular PK-15 estén contaminados con el virus de la PPC, por lo que los cultivos utilizados para el aislamiento deben ser constantemente sometidos a pruebas para detectar posibles contaminaciones que interferirían en el diagnóstico.
Asimismo hay que probar el suero fetal utilizado ya que puede contaminar los cultivos con cepas no citopatógenas del virus de la diarrea viral bovina (BVD) lo que podría interferir igualmente en el diagnóstico de PPC. La sensibilidad del aislamiento es sólo comparable a la del PCR y está por encima de la de las otras técnicas de diagnóstico (Vydelingum, 1998).
Detección de ácido nucleico viral
La Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR por sus siglas en inglés) es hoy en día una de las técnicas de elección en el diagnóstico de gran parte de las infecciones gracias a su sensibilidad y rapidez (Díaz de Arce y col., 1998). Esta técnica, descrita por primera vez por Mullis y Faloona en 1987, permite la amplificación del ácido nucleico del virus millones de veces.
En el caso del virus de la PPC, cuyo ácido nucleico es RNA, el primer paso consiste en la extracción del RNA a partir de la muestra sospechosa. Una vez extraído, el RNA debe ser convertido en DNA complementario, lo cual se hace por el paso llamado transcripción reversa (RT), descrita por Veres y col., que utiliza la enzima transcriptasa reversa (Harding y col., 1996). Una vez que se tiene el DNA complementario, se procede a su amplificación mediante la PCR, que consta de tres pasos:
desnaturalización, anillamiento y extensión. Dichos pasos constituyen un ciclo, y para la amplificación se realizan habitualmente entre 25 y 45 ciclos (40 en el caso de PPC). Con la PCR se amplifica el ácido nucleico 2n donde n es el número de ciclos (Greiser-Wilke y col., 1998).
La automatización y consiguiente estandarización de la técnica PCR fue posible gracias al descubrimiento de una enzima DNA polimerasa termoestable obtenida a partir de la bacteria (Thermus aquaticus), denominada Taq Polimerasa. Los "primers" utilizados definen la zona del ácido nucleico que se va a amplificar (Becker, 2000), por lo que en el caso de PPC, se puede optar por amplificar una zona del RNA conservada entre todos los pestivirus o bien por amplificar una zona específica de los virus PPC y que no se encontrará en otros pestivirus, con lo que podremos dar un diagnóstico general de Pestivirus o uno específico de PPC, respectivamente.
El fragmento de ácido nucleico amplificado mediante PCR que nos permite dar un diagnóstico, puede ser posteriormente analizado por otras técnicas, como el análisis de restricción o la secuenciación, que proporcionan información sobre la cepa de virus de que se trata y confirman el diagnóstico (Barlic-Maganja y Grom , 2001).
Detección de anticuerpos frente al virus
La detección de anticuerpos específicos frente al virus de la PPC es de gran utilidad en caso de aparición de la enfermedad con formas subaguda, crónica o inaparente causadas por cepas de baja virulencia, en las cuales el cuadro clínico que presentan los animales no resulta esclarecedor, y la detección del antígeno no siempre es fácil. También los métodos serológicos son valiosos cuando existe una baja incidencia de la enfermedad, en animales que hayan estado supuestamente en contacto con cerdos infectados, o cuando se repueblan después de su limpieza y desinfección explotaciones que habían sido infectadas por el virus. Estos métodos resultan esenciales si un país desea ser reconocido internacionalmente como libre de la enfermedad (Albina y col., 2000).
Virusneutralización
Se basa en la capacidad que tienen los anticuerpos de unirse a los receptores de la partícula viral de forma específica, como resultado de lo cual impiden la adhesión y penetración de la misma a las células sensibles y, por tanto, contrarrestan la replicación viral. Para ello se inoculan cultivos celulares con mezclas de suero diluido y una cantidad constante de virus y se mantiene un período determinado de incubación a 37° C.
La existencia de anticuerpos neutralizantes específicos en el suero originará la neutralización del virus, de manera que al añadir a continuación una suspensión de células PK-15, éstas no se infectarán. En caso de que el suero problema careciese de anticuerpos específicos de PPC, el virus permanecerá libre y podrá infectar a las células. El título de anticuerpos neutralizantes se expresa como el recíproco de la mayor dilución de anticuerpos capaz de impedir la replicación viral en un 50% de los cultivos celulares infectados (Afshar y col., 1989).
ELISA
Debido a su rapidez y facilidad de ejecución, así como a su elevada sensibilidad y especificidad es la técnica utilizada habitualmente en los rastreos epidemiológicos, de manera que los resultados positivos o dudosos obtenidos por ELISA se confirman por la técnica de virusneutralización. Suele tratarse de ELISAs de bloqueo, de competición o indirectos, que tengan la capacidad de detectar anticuerpos frente a todas las cepas del virus de PPC pero a su vez de evitar reacciones cruzadas con otros pestivirus (Colijn y col., 1997, van Rijn y col., 1999).
Epidemiología de la peste porcina clásica
Desde el punto de vista epidemiológico, la PPC tiene un comportamiento sencillo. Sus mecanismos de transmisión están lejos de los que se observan en enfermedades complejas como la Fiebre Aftosa o la Enfermedad de Aujeszky (Moennig y col., 2003). Si bien los factores de riesgo de la PPC son constantes, su importancia en la difusión de la enfermedad es variable. Uno de los factores más importantes que explican dicha variación son los diferentes grados de virulencia existente entre las diferentes cepas del virus. Analizar correctamente los factores de riesgo y ponderar su importancia resulta determinante en el resultado de las diferentes estrategias de lucha (Dahle y col., 1992).
El contacto directo entre los animales se considera la ruta más importante de transmisión viral tanto dentro de una misma población como entre poblaciones. La ruta de transmisión vertical del virus es sumamente importante desde el punto de vista epidemiológico , ya que los cerditos asintomáticos y persistentemente virémicos pueden mantener una infección durante largos períodos, o pueden reiniciar un brote tras un período de ausencia aparente de la enfermedad (Westergaard, 1996, van Oirschot, 1999).
La difusión aérea de la enfermedad puede existir pero a muy cortas distancias. El comportamiento de la enfermedad indica que no debe llegar más allá de los 300-500 metros. La difusión radial de la enfermedad no responde a los patrones típicos de la transmisión por aire como podrían ser los vientos predominantes en la zona, etc. (Artois y col., 2002). Además dentro de la formas de transmisión indirecta del virus figuran la alimentación con restos de animales enfermos, la transportación que ha estado en contacto con animales enfermos, los visitantes a las granjas infectadas (veterinarios, inseminadores, entre otros), la inseminación artificial (Dewulf, 2002)
Los gatos, perros, ratas y pájaros se consideran posibles transmisores del virus debido a que se encuentran comúnmente en granjas de cerdos y viven en contacto directo con estos (van Oirschot, 1999). No obstante, no existe evidencia experimental de que estos animales puedan transmitir el virus (Westergaard, 1996). Se ha comprobado por técnicas moleculares y por aislamiento viral que este virus no se replica en las especies mencionadas, por lo que su papel en la transmisión de la enfermedad está relacionado con la actuación como vectores mecánicos (Dewulf, 2002)
Aparte de los cerdos salvajes o domésticos, no existen reservorios naturales (Harkness y Roeder, 1988). En definitiva, no hay otras especies animales que pueden intervenir como portadores biológicos de la enfermedad (Moennig, 2000). Esta característica epizootiológica es muy importante en el control de la enfermedad puesto que dirige la lucha únicamente hacia la especie porcina a diferencia del resto de los pestivirus (Artois y col., 2002).
Control
La política de control depende de la incidencia y prevalencia de la infección en las poblaciones de cerdos domésticos y salvajes. En países donde la enfermedad es endémica se lleva a cabo la vacunación como medida preventiva, en aras de disminuir las pérdidas.
En estas condiciones no es posible erradicar la enfermedad, puesto que no es posible diferenciar serológicamente los animales vacunados y los que han sido infectados en condiciones de campo No obstante, una política de vacunación constante y sistemática con fines profilácticos debe conducir a una situación favorable en que se levante la vacunación y llegue a erradicarse el virus. Tras el cese de la vacunación convencional, los brotes que pueda nsurgir deben contrarrestarse con estrictas medidas de manera que se impida la diseminación viral (van Oirschot, 2003).
Debido a la gran capacidad de difusión del virus causante de la enfermedad y a las importantes repercusiones comerciales que los brotes epidémicos ocasionan, el método de control elegido es la erradicación de la enfermedad (Artois y col. 2001). Para ello se toman medidas como el sacrificio de todos los animales de las granjas afectadas, la eliminación de las canales, camas, etc., así como la desinfección a fondo de las instalaciones. Asimismo se procede a la identificación de la zona infectada, con control de los desplazamientos de porcinos y de personas.
Para este fin, se crean zonas de exclusión de al menos tres kilómetros de radio alrededor del lugar afectado y se prohíbe la entrada y salida de personas, animales domésticos, utensilios o vehículos de dichas zonas sin previa autorización (Cheneau y col., 1999; Horst y col., 1999, Sánchez-Vizcaíno, 1998).
El criterio de país libre de peste porcina clásica es válido para aquellos países en que no se ha detectado la enfermedad, no existe serología positiva y no se ha vacunado al menos en los últimos doce meses (Albina y col., 2000). En el caso específico de las áreas libres de peste porcina clásica en los países afectados deben extremarse las medidas de bioseguridad para no ser infectadas. Para ello se debe controlar exhaustivamente el movimiento de los animales y los medios de transporte utilizados que puedan proceder de las zonas afectadas (Sánchez-Vizcaíno, 1998).
De igual forma es preciso informar a todos los ganaderos y veterinarios de la zona, con el objetivo de evitar la utilización de los mismos circuitos de proveedores de piensos, técnicos, etc. Estas medidas de control pueden, a su vez, verse incrementadas con la utilización o no de vacunas (Saatkamp y col., 2000).
En la actualidad los países que están utilizando las vacunas comerciales, entre ellos Cuba, dado que no es posible diferenciar los animales vacunados de los enfermos y/o portadores, pierden el estatus de país libre de la enfermedad, y la posibilidad de exportar por largos períodos de tiempo (Laddomada, 2000).
Vacunas contra la peste porcina clásica
Convencionales: vivas atenuadas, muertas inactivadas. En la actualidad, las vacunas más utilizadas en diferentes programas de erradicación de la enfermedad son las vacunas vivas atenuadas como cepa "CHINA" y/o cepa "THIVERVAL" (Moennig, 2000).
Cepa "China": Es una cepa lapinizada, denominada también como Cepa "Suvac", "C" y "K". La cepa, que se utiliza en la actualidad, no presenta virulencia residual siendo totalmente apatógena, incluso en madres gestantes y lechones. Esta cepa fue utilizada con éxito en la década de los años 80 en varios países europeos. Tiene una actuación rápida, por lo que además de inducir inmunidad, presenta interferencia viral con el virus patógeno (Aynaud, 1970).
Cepa "Thiverval": es una cepa de origen francés proveniente de una clonación viral sobre la línea celular PK-15. Se ha probado su inocuidad incluso en animales inmunosuprimidos, y no presenta virulencia residual ni reversión a la virulencia (van Oirschot, 2003).
Con ambas cepas se confiere inmunidad contra el VPPC de forma rápida, y los cerdos pueden sobrevivir a una infección experimental incluso a los cinco días post inoculación (Launais y col., 1978).
Nueva generación: Subunidades, péptidos sintéticos, recombinantes (vivas delecionadas), vacunas de ADN.
Una gran desventaja de las vacunas convencionales es que la respuesta de anticuerpos que ellas inducen no puede distinguirse de la obtenida tras una infección con el virus de la PPC en condiciones naturales, y como consecuencia es imposible garantizar la ausencia de anticuerpos frente al virus campo en los cerdos y poblaciones vacunados (Moennig, 2000). Las vacunas marcadoras de nueva generación tienen como objetivo esencial lograr un patrón de anticuerpos que proteja contra la infección vacunal y que pueda diferenciarse del patrón de anticuerpos desarrollado por un animal que se haya recuperado de una infección con un virus campo (Dewulf, 2002).
Durante la infección con el virus de la PPC se levantan anticuerpos contra dos glicoproteínas de la envoltura: la Erns y la E2, y contra la glicoproteína no estructural NS3 (Paton y col., 1991). Se ha visto que la E2 en su forma pura es capaz de inducir una respuesta inmune protectora (de Smit, 2000).
Bouma y col. (1999) mostraron que una vacuna basada en la E2 del virus de la peste porcina clásica, obtenida mediante un sistema de Baculovirus permite la discriminación entre los cerdos vacunados, que sólo desarrollarán anticuerpos contra esa proteína, y los infectados que levantarán respuesta de anticuerpos contra las 3 proteínas. De igual forma la vacunación con DNA desnudo que codifica para la E2 puede conferir inmunidad protectora (Andrew y col., 2000) y permitir le diferenciación utilizando un formato de ELISA que reconozca solamente la Erns (de Smit, 2000).
Actualmente existen dos vacunas marcadoras de subunidades basadas en la E2, disponibles comercialmente: Porcilis Pesti®, Intervet y Bayovac CSF marker®, Bayer. Igualmente, existen dos juegos diagnóstico discriminatorios disponibles (Chekit CSF- Marker®, Bommeli-AG y Ceditest CSFV-Erns®, ID-Lelystad). Ambos responden a un formato de ELISA competitivo que detecta anticuerpos contra la glicoproteína Erns del virus de la PPC (Floegel-Niesmann, 2003).
Nuevos candidatos vacunales están basados en la obtención de vacunas quiméricas en que se sustituye la región que codifica para la E2 o la Erns por las regiones correspondientes del virus de la diarrea viral bovina (de Smit, 2000). Asimismo otro enfoque está dado por la sustitución de la región de la Erns del virus de la diarrea viral bovina por esta misma región de una cepa virulenta del virus de la PPC (Reimann y col., 2002). Además se ha reportado la construcción de mutantes de deleción que impiden la reversión a la virulencia.
Estos mutantes de deleción se replican de forma autónoma luego de la infección con ARN en cultivo celular y los replicones así obtenidos se transcomplementan en líneas celulares que expresan la E2 o la Erns (van Gennip y col., 2002).
La primera generación de vacunas contra la peste porcina clásica está diponible en forma de vacunas de subunidades. Se ha avanzado en nuevos enfoques concernientes a las vacunas de ADN desudo y vacunas quiméricas, con el fin de aprovechar las bondades de las vacunas vivas.
Sin embargo, estos desarrollos no han sido explotados aún por los productores comerciales, lo que pudiera deberse a la política de no vacunación de muchos países así como a la negativa de aceptar los organismos modificados genéticamente (Floegel-Niesmann, 2003).
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Revista Electrónica de Veterinaria REDVET ®, ISSN 1695-7504, Vol. V, nº 10, 10/2004. España. Veterinaria.org ®
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