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La imprescindible política agropecuaria

El escenario mundial actual que demanda alimentos en forma sostenida y la situación de creciente producción interna de los mismos son muy favorables para todos los argentinos. Por ello es fundamental que todos comencemos a mirar nuestro futuro con optimismo dejando de lado las estériles luchas políticas coyunturales y nos pongamos a trabajar en serio en un proyecto sustentable que nos beneficie a todos.

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Miércoles 08.09.2010El escenario mundial actual que demanda alimentos en forma sostenida y la situación de creciente producción interna de los mismos son muy favorables para todos los argentinos.
Por ello es fundamental que todos comencemos a mirar nuestro futuro con optimismo dejando de lado las estériles luchas políticas coyunturales y nos pongamos a trabajar en serio en un proyecto sustentable que nos beneficie a todos.

Con muchos sobreentendidos y por ende, sintéticamente, esbozaré algunas pautas que aprecio son indispensables tener en cuenta en la estructuración de una política agropecuaria que el sector necesita y al que pertenezco desde mi nacimiento.

Cuando nuestros antecesores fijaron políticas reales, tales como la de transformar al sector agrario, con la intensa ola de inmigrantes orientados de modo especial
hacia la agricultura, el éxito estuvo a la vista.

Gracias a ello, desde 1875 hasta fines de 1920 nuestra economía creció a una tasa media anual del 5,4%, ligeramente superior a la del sector agrario del 4,6%. En ese medio siglo el PBI aumentó 14 veces y la producción agropecuaria 11 veces. Este crecimiento impresionante sentó las bases del progreso económico.

El abandono de esta política y la insólita transferencia de recursos del campo hacia otros sectores, dio comienzo al derrumbe de un plan bien forjado y correctamente ejecutado.
A partir de allí, el país se empobreció y el ideal de grandeza para todos los habitantes de nuestra nación se transformó en una entelequia. Para colmo de males, la intervención reguladora del Estado con herramientas devenidas a la postre como inconducentes, como la Junta Nacional de Granos, el control de cambios, etcétera, sólo generó mayores atrasos.

Esta situación recién comenzó a revertirse luego de la crisis de 2001.
Así podemos ver que entre 2003 y 2005 nuestra economía se expandió a una tasa record del 9% anual, el campo creció a una tasa del 5% anual, similares a las del gran período de expansión llevada a cabo entre 1875 y 1928.

Sabido es por todos que desde 2002 a la fecha los productores agropecuarios se modernizaron a puro y propio pulmón, aumentaron las áreas explotadas y año tras año superaron todos los records en la producción de granos, de maquinaria agrícola, en la inversión de nuevas tecnologías, siembra directa, etcétera.

Amén de ello, gran parte del dinero que viene generando este fenómeno, además de engrosar las arcas del Estado, se ha reinvertido en nuestro país en forma directa, sin especulación alguna, en sectores como la construcción, la industria automotriz y en un sinnúmero de generación de bienes, servicios y nuevos empleos.

Poco y nada intervino el Estado en este nuevo proceso, por el contrario, su labor ha sido entorpecedora y ha carecido de una política idónea y previsible.

No obstante ello podemos rescatar como positivo la creación del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, la constante y calificada intervención del Inta aportando su ciencia y una aceptable valorización del dólar, susceptible de mejoramiento en el corto plazo con miras a mejorar el consumo y las reservas del Estado.

A poco que analicemos entonces la realidad antes descripta, podemos sacar las siguientes conclusiones:

1- El sector agropecuario es uno de los más importantes motores de la economía nacional, por ende, debe ser merecedor del respeto de los gobernantes de turno y necesariamente tiene que contar con el apoyo del gobierno con la implementación de una política integral y de largo alcance, que surja de la realidad, es decir, que tenga en cuenta las diferentes regiones del país y los productos que en ellas se obtienen. No se puede ni se debe legislar sin conocer profundamente la región, su tierra, su clima, su gente, sus proyectos y sus posibilidades de desarrollo con ayuda tecnológica y financiera, para incorporarle valor agregado.

2- El Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2010-2016 lanzado por el actual gobierno, que concuerda con varios de los lineamientos de mi trabajo "Bases para una política agroalimentaria" (La Capital, 03/09/2008, página 20) debe ser optimizado con la participación activa de los productores de cada sector, de la dirigencia agroindustrial reconocida a nivel local y nacional, de los sindicatos que involucran al sector y de los legisladores de cada zona. Como bien sostuvo el filósofo, "la única verdad es la realidad", por ello es de esperar que las actuales autoridades asuman una actitud pragmática, pluralista, integradora y de diálogo con todos los protagonistas del campo para que su plan no sea un proyecto con muchas palabras, pero vacío de contenido.

3- Es necesaria una reforma fiscal, que elimine los impuestos distorsivos a la producción agropecuaria que grave sólo las ganancias, las cuales son susceptibles de determinación en forma clara, fácil y precisa tanto en la explotación agrícola como en la ganadera. También se debe proceder a la eliminación y/o reformulación de los programas obstructivos en materia de información tributaria. Es inaceptable que los productores tengan que dedicar un gran esfuerzo para cumplir con una batería burocrática de formalismos propios de un régimen stalinista, tales como los instrumentados para las cartas de portes, los códigos de trazabilidad, etcétera, los cuales sólo deberían estar reservados para los destinos finales como lo son los acopios, las cooperativas y los exportadores que sí cuentan con los medios y el personal idóneo para tales fines.

4- El Banco de la Nación Argentina y demás bancos oficiales tanto nacionales como provinciales debieran recuperar el importante protagonismo que históricamente tuvieron, apoyando a los pequeños y medianos productores, a la agroindustria y a los prestadores de servicios agropecuarios con créditos de largo plazo y a tasas razonables. Debemos volver a los préstamos promocionales. ¿Cómo olvidar los préstamos del Banco Hipotecario Nacional a 33 años y al 5% de interés anual fijo y del Banco Provincial de Santa Fe a 15 años, al 5% de interés? Los primeros cinco años sólo se pagaba el interés a semestre vencido y en los últimos diez años se adicionaba el 10% del capital. Entonces la inflación era de un dígito. La consigna debe ser: no más inflación por encima de un dígito anual, no más burocracia, no más corrupción, sí más y más producción.

5- La Uatre y todos los sindicatos vinculados al sector agrario, con la ayuda de los productores y el Estado, deben elaborar planes de desarrollo social que posibiliten al empleado rural el acceso a la vivienda propia al momento de jubilarse y retirarse del campo, a una óptima prestación del servicio de salud, a una constante capacitación profesional y también a los sistemas educativos terciarios y universitarios, aprovechando, entre otros, los servicios de Internet.

En definitiva, deberíamos lograr que el hombre de campo se dedique sólo a producir, toda vez que una mayor y mejor producción tiene un sinnúmero de consecuencias benéficas para la sociedad argentina, tanto en lo que hace a la distribución más equitativa de la riqueza -vía tributos- cuanto a la generación de mayor inclusión social por el efecto multiplicador de emprendimientos y nuevas fuentes de trabajo.

Para ello no se necesita demasiado, tan sólo reglas claras a través de una política de Estado seria que transparente la relación del agro con el Estado, de modo tal que este socio obligado no se convierta en un contrapeso errático, impredecible y por tanto insoportable. A veces lo obvio parece fácil, pero en nuestro país no lo es: tan sólo hay que dejar tranquilo al productor agropecuario para que trabaje como sabe hacerlo, los resultados ya sabemos de antemano cuales serán.

 

 Angel Fernando Girardi
 La Capital
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